Portada del dirario Meridiano
Domingo 30 de Abril de 2017

Los Especialistas

Zozobró "El Almirante"

6 Martes | 12:36 pm

Carlos Valmore Rodríguez 

Carlos García, que lucía como un mánager casi irreemplazable por su ascendencia y liderazgo dentro de sus filas, es el primer piloto despedido en la contienda 2016-2017 de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional.  

Ya no será el Almirante García quien esté en el puente de mando de los Navegantes del Magallanes, sino un discreto, pero efectivo subalterno suyo: Omar Malavé, familiarizado con el éxito, porque ha ganado dos campeonatos en el país. Su tarea será ciclópea: reflotar un naufragio que yace a 26 derrotas de profundidad, calafatear el casco del bergantín y conducirlo hacia su puerto de destino: la postemporada. De sus costas la separan, hoy por hoy, dos juegos y medio de distancia.     

La debacle dominical por 11-5 sobre los Tiburones de La Guaira, quinta seguida, séptima en los diez juegos más recientes y responsable de hacer encallar a los bucaneros en el fondo de la tabla de posiciones del beisbol venezolano, presagiaba tempestades que ayer hicieron zozobrar a García, en la idea de que el navío no se vaya a pique tras él. “Debíamos hacer algo para cambiar el presente del equipo”, dijo Roberto Ferrari, presidente de la Junta Administradora del Magallanes, a través del departamento de Prensa del equipo. “Carlos García siempre ha sido un batallador y un ganador; simplemente las cosas no se nos dieron con él en esta oportunidad y nos reunimos para hablar sobre la situación. Omar Malavé asumirá las riendas del equipo de inmediato. La intención es mejorar el rendimiento para lo que resta de ronda eliminatoria y meternos en los puestos de clasificación. Álvaro Espinoza será el nuevo coach de banca, Félix Escalona será el coach de tercera base y Carlos Maldonado asumirá su rol de coach de primera”. Fueron ratificados en sus puestos Gregorio Machado como asistente del mánager, Ozzie Timmons como coach de bateo, Roberto Espinoza como instructor de lanzadores y José Villa como tutor de los relevistas en el bullpen. Acotó Malavé anoche en La Hora Magallanera que aceptó el cargo porque su antecesor así se lo solicitó. Promete beisbol agresivo y espera de sus dirigidos una reacción. Desde su perspectiva, es la oportunidad de un nuevo comienzo. Aún queda casi un mes completo para despertar y reaccionar.              

Con el despido de Carlos García termina una de las épocas más fructíferas en la memoria de los Navegantes del Magallanes, aún con sus interrupciones, vacancias temporales y absolutas y regresos heroicos. Entre las batallas 2009-2010, cuando comenzó su etapa, y la 2016-2017, cuando terminó, los Navegantes festejaron dos campeonatos y disputaron cinco finales, cuatro de ellas dirigidas por García que, aún en sus ausencias, se hacía sentir. Se estrenó en la 2009-2010 con récord de 41 triunfos en ronda regular, la cifra más elevada en la bitácora del barco. Antes de comenzar la 2010-2011 debió soltar el timón por razones personales y el magallanero lo echó en falta: ninguno de los tres managers que hubo en esa campaña, ni Frank Kremblas, ni Gregorio Machado ni Dan Radison le encontró orilla al elenco y los eléctricos quedaron sin luz, fuera de los playoffs. En la 2011-2012 García retornó, Magallanes avanzó al round robin y rozó la final, de la cual lo sacaron en una doble jornada de desempate. En la 2012-2013 García y sus filibusteros se hallaban en la cumbre de la montaña clasificatoria el 12 de noviembre, cuando nuevamente tuvo que apartarse por motivos familiares. Luis Sojo tomó la posta y se coronó por él al derrotar en la final a Cardenales de Lara. En la edición siguiente la ruta fue a la inversa: para la 2013-2014 comenzó Sojo, clasificó al Magallanes al round robin y de pronto fue separado de sus funciones por la directiva. García fue reclamado en Valencia, volvió una vez más y esta vez fueron sus manos las que levantaron el trofeo luego de someter a Caribes de Anzoátegui, elenco que le devolvió el golpe al Almirante en la 2014-2015, cuando García dirigió su tercera final, segunda sucesiva. En la 2015-2016, los Navegantes jugaron su cuarta final al hilo, y la tercera en hilera de García, aunque se toparon con los Tigres de Aragua. Podrán decir para restarle puntos a García que solo ganó una final de cuatro, pero ya alcanzar esa instancia con tanta frecuencia es excepcional en esta pelota, tanto que García es uno de seis que han dirigido en tres o más finales corridas:  Vernon Benson (1979-1980- 1980-1981-1981-1982) Lara;  Phil Regan (1999-2000, 2000-2001, 2001-2002) Magallanes;  Buddy Bailey (2003-2004-2004-2005-2005-2006-2006-2007, 2007-2008, 2008-2009) Aragua;  Ozzie Virgil (72-73, 74-75, 76-77) Caracas-Aragua);  Alfonso Carrasquel (80-81, 81-82, 82-83) Caracas. Él y Regan son los únicos estrategas magallaneros presentes en tres finales en hilera. Y las cuatro finales conducidas por García para la Nave representan una cifra tope para la organización. Ningún manager del Magallanes ha estado en el banquillo en tantas disputas por el cetro.

También habrá quien le niegue méritos a García con el argumento de que esas versiones del Magallanes ganaban sin él y hasta a pesar de él. Pero quien eso afirme está en un error. García fue una de las razones por las cuales los Navegantes han llegado a finales tantas veces a lo largo de esta década. El legado de García va más allá de los títulos. Su principal herencia será la de haber devuelto el principio de autoridad dentro de la cueva, que se desdibujó tras la salida de Alfredo Pedrique. En el Magallanes de García mandaba el Almirante, no los peloteros, como debe ser. También se le recordará por su entroncamiento afectivo con la organización. “En los momentos difíciles es cuando soy más magallanero. Estoy orgulloso de haber defendido estos colores con todo el amor con el que lo hice. Siempre seré magallanero”, le dijo ayer, luego de su despido, a Jesús Ponte.

¿Qué errores cometió que justificaran su destitución? Puede que su liderazgo se haya debilitado un poco, por aquello de la fatiga del poder. Tal vez no era el estratega más avezado y eso pasó factura cuando los resultados no lo acompañaron. Lo cual no niega una gran verdad: que García es un patrimonio del Magallanes. Forma parte de su Salón de la Fama porque dos de las épocas más felices del Magallanes tuvieron en él un actor protagónico: los noventa, cuando los Navegantes se reconciliaron con la gloria, al jugar cuatro finales y ganar dos, con él usualmente como caudillo en el infield; y este decenio en curso, en el que el García mánager dejó su impronta. Se fue sin expresar rencor, agradeciendo la confianza a la directiva y dejando mensajes cifrados, a la vez que elocuentes, los cuales pueden ser  pistas para entender lo que pasa dentro de la divisa: “Cuando el pitcheo abridor”, dijo García, “trabaja menos que el relevo, es muy difícil mantenerse como manager”. ¿Dardo a la directiva? Otro: “Tenía la fe en que los jugadores harían lo posible para salir de esto. Los nombres están allí para sacar esto adelante. Tienen que revisarse y entender cada quién su rol en el equipo. En los momentos difíciles hay que jalar para el mismo lado. Esa es una de las cosas que le digo a los jugadores”. Fin de la cita ¿Cómo interpretar este mensaje de García a sus exdirigidos?  

Ahora viene Malavé, un hombre con una personalidad diametralmente opuesta a la de García. El Almirante es expresivo, pasional, autoritario, si cabe el término. Malavé es hierático, analítico, horizontal. La de él y la de García son maneras totalmente disímiles de ganar. Porque Malavé ha ganado. A los 35 años de edad festejó su primera diadema en la LVBP y a los 36, el segundo. Ha sido piloto en tres finales aquí. Pasó más de veinte años piloteando categorías menores de los Azulejos de Toronto y coronó su carrera como instructor al subir a Grandes Ligas como coach de primera de los canadienses. Magallanes no quedó en manos de un manager de emergencia. Lo capitaneará un conductor con experiencia acreditada.          

Vota por Leonardo

26 Lunes | 3:03 pm

Érase una vez un hombre que jonroneaba y robaba por igual, sinónimo de poder en el país durante más de una década, segundo en la línea de sucesión de los cuadrangulares en la LVBP a lo largo de casi tres quinquenios, infatigable fabricante de carreras, industria de tubeyes, slugger por antonomasia, escudo protector en tercera base, bigleaguer criollo cuando pocos lo eran y quien, a 23 años de su jubilación, permanece marginado del Salón de la Fama del Beisbol Venezolano por motivos que escapan a mi entendimiento.  No voy a hablarles de un hombre común. Haré la historia de Leonardo Hernández, para quien reclamo justicia.    

Hasta mañana tienen plazo los electores del Cooperstown de estos rumbos para  consignar la planilla con sus escogencias de 2016. Ahora el procedimiento es electrónico, ergo más expedito, en vez de por correspondencia, como antes. Bien por eso, aunque este votante discrepa de la nueva disposición que reduce el máximo de selecciones posibles de seis a tres. Ese techo bajo de postulaciones le resta maniobrabilidad al sufragante y le impide enaltecer a todos aquellos merecedores del honor. Es un tope harto restrictivo, habida cuenta de que aún hay pasivos pendientes con el pasado, consecuencia del  prolongado tiempo que estuvo tapiado el acceso a la eternidad. En la lista de aspirantes hay al menos diez nombres dignos de ser considerados, luego es recomendable elevar a cinco ese límite. Este cronista sellará, primero, la casilla de “Tatiana Capote”.              

Leonardo Hernández despuntaba como el virrey del jonrón en Venezuela al extinguirse su carrera como pelotero, en la batalla 1993-1994. Únicamente Antonio Armas, monumento de este beisbol, atesoraba más vuelavallas  que él dentro de una LVBP que ya se preparaba para celebrar sus bodas de oro.  72 mandoblazos y 74 robos hicieron de este exjugador mirandino el primer (y por lustros único ejemplar) de una singular especie, capaz de estafar y derribar cercas con idéntica facilidad y de ese modo fusionar habilidades tenidas como mutuamente excluyentes. Era Hernández, al pedir la baja, el tercer mayor productor de carreras en el circuito, con 416, y el decimotercer toletero, entre miles, con 800 hits.

Solo 32 criollos habían hecho cumbre en las Grandes Ligas cuando él escaló hasta ellas, en 1982. Quedaban lejos los días en los cuales el ascenso hasta MLB se haría jugada de rutina para el beisbolista local. Y si quieren otras referencias sobre él, complementaba su poderío con facultades fildeadoras en la esquina caliente.

Este pintoresco personaje, que se tongoneaba en el home y agitaba sus rulos para burlarse de los fanáticos impertinentes (de allí lo de Tatiana Capote), debió subir a los altares al transcurrir un lustro de haberse pensionado. Pero el templo estaba cerrado. No había templo, tan siquiera. Lo hubo a partir de 2003. Y al abrir sus puertas, decenios de hazañas represadas se agolparon frente a sus puertas. Hernández debía hacer su cola. Antes urgía honrar a los padres fundadores, a los  extraordinarios entre los extraordinarios que le antecedían. Pero ya ha esperado demasiado. Al principio faltaba un recinto para albergarlo, luego cupo para ingresarlo y ahora votos para exaltarlo. Dos décadas de calma, ¿No bastan?  

En esta oportunidad haré proselitismo para buscarle adeptos, aunque no debería precisarlo. Leonardo Hernández, todavía hoy, es octavo en remolcadas de Liprobeisbol, con 416; décimo en jonrones, con 72; noveno en dobles, con 155. Paró en 1993 y las generaciones posteriores, muchas de las cuales han vivido una época de bonanza ofensiva, aún no logran desplazarlo de los sitiales de privilegio ¿Debo seguir argumentando su caso o ya les convencí? La defensa ha terminado, señores del Jurado.

Carrara sin duda alguna

Únicamente dispongo de dos óvalos más para definirme entre Edwin Hurtado y su 3.06 de efectividad en ronda eliminatoria y un imponente 2.50 en postemporada; Luis Raven y sus 94 jonrones, que a diez años de su salida del servicio activo se sostienen como la quinta cantidad más elevada en el circuito; Juan Carlos Pulido y sus 72 victorias, que lo entronizan como el pitcher zurdo más exitoso de estas coordenadas; Richard Garcés y sus 124 salvados, casi 40 más que su más cercano perseguidor; y Giovanni Carrara, un mutante que en 24 torneos locales tuvo efectividad de 2.93, la cuarta más baja en los archivos de la liga entre tiradores con al menos 900 entradas de labor. Y entre los elegibles hay otras alternativas al menos tentadoras, como Óscar Azócar, Roberto Zambrano y Omar Daal.

En mi orden de preferencia, Carrara es quien sigue. Nadie ha lanzado en más temporadas de la LVBP que este derecho, oriental de nacimiento, larense por adopción. Sus 24 participaciones en fase eliminatoria y sus 16 en playoffs son la mayor cantidad para cualquier monticulista que haya pasado por la liga. Sus números en semifinales lo catalogan como uno de los mejores lanzadores en esta etapa. Es líder en entradas lanzadas (280.0) y ponches propinados (207). En la antesala a las finales  es  segundo en juegos lanzados (81) y  ganados (17), mientras que es tercero en iniciados (32) y noveno en rescates (11).

Carrara, que además se mantuvo un decenio en las Grandes Ligas y disputó un Clásico Mundial de Beisbol, es el único lanzador de la LVBP en aparecer entre los 10 lanzadores con más juegos ganados y salvados en ronda regular. E hizo lo propio en semifinales.  Es noveno en partidos lanzados en el circuito (334). Se ubica dentro de las diez mejores efectividades de la LVBP entre los serpentineros con al menos 500 entradas de labor (noveno con 2.93 de EFE en 918.2 actos). Fue líder en EFE de la liga en un par de ocasiones (1997-98, 2007-08). En la 97-98 también encabezó la columna de ponches, con 64.

En la 2001-02 salvó 15 juegos, líder del circuito.

En diez temporadas dejó efectividad por debajo de 3.00.

En temporadas distintas ganó los tres departamentos de la triple corona del pitcheo: victorias, ponches y efectividad.

Entre las temporadas 95-96 y 2002-2003 fue un déspota: dejó récord de 29-11 y efectividad de 1.83, con 41 salvados y 1.4 boletos por cada nueve entradas. Imbateable es un buen adjetivo.

Creo que lo podemos dejar hasta allí. La naturaleza imperecedera de Carrara en el beisbol venezolano es irrefutable. Tal vez le objeten que no brilló en las mayores, pero a un pelotero que haya resplandecido como Carrara en la LVBP, que es el núcleo del beisbol venezolano, mal se le puede soslayar a la hora de preservar su memoria.    

¿Quién es más trascendente: un cerrador sin par en este circuito o uno entre los más dominantes  abridores en los registros de la liga? ¿Un finalizador único o un iniciador excepcional?  Porque he ahí el dilema entre Richard Garcés y Edwin Hurtado. La disyuntiva no estriba en si merecen o no la veneración perpetua, pues a ambos corresponde, sino a cuál de ellos ofrendar el   último voto a emitir. Garcés es a la LVBP lo que Mariano Rivera a las Grandes Ligas. La Tierra dará varias vueltas alrededor del Sol y sus 124 salvados seguirán en la cúspide de esa estadística. Es el único con cien o más rescates. Fue tres veces Cerrador del Año, y en una de ellas resultó el mejor de todos los lanzadores. Sus 19 salvamentos en la 2007-2008 -igualados por Pedro Rodríguez, de Caribes de Anzoátegui en la 2015-2016-  son el techo para los taponeros venezolanos. Cierto que no está libre de pecados, pues su tasa de boletos por cada nueve entradas fue de 4.29, lo que elevó su WHIP a 1.28, alto para un bombero. Mas la repercusión de su plusmarca vitalicia de victorias protegidas es elemento central en esta dialéctica. 

Solo que Hurtado es enorme. El expitcher larense trabajó 1190,1 innings entre ronda eliminatoria y postemporada, y su efectividad global fue de 2.92. Doble ganador del Pitcher del Año, el derecho que militó en Cardenales de Lara y Leones del Caracas es octavo en el ranking de ponches de todos los tiempos en Liprobeisbol, con 631. Entre los 14 pitchers con al menos 900 tramos de labor, su WHIP es el séptimo más reducido, y su efectividad de 3.06, la sexta más pequeña.

Aunque es en postemporada donde Hurtado toma una dimensión mítica: 23 victorias entre round robin y finales (líder absoluto); 288 episodios (segundo); 2.50 de efectividad (segundo entre aquellos con un mínimo de 200 capítulos); 204 ponches (segundo); 1.19 de WHIP (quinto entre pitchers con una base de 150 mangas recorridas). Grandeliga también, pero de pocas luces, Hurtado fue artífice de los éxitos de Cardenales de Lara en los noventa. 

Ante tanta paridad, el fiel de la balanza puede ser el currículum en Grandes Ligas. Y allí gana Garcés. Mientras Hurtado solo pudo sostenerse en MLB en tres campeonatos, con 6.67 de efectividad, “El Guapo” se codeó con la nobleza del beisbol durante una decena de contiendas, con 3.74 de EFE y 7,8 abanicados por cada nueve innings. Eso y su condición de cerrador primado de la liga venezolana me llevan a inclinarme a su favor. El año que viene, si hay año que viene, colocaré a Hurtado y también a Juan Carlos Pulido y a Luis Raven. Espero contar con cinco opciones para dar a cada cual lo que le corresponde. 

Cinco ingredientes con los que Theo aliñó el queso de cabra

7 Lunes | 3:22 pm

Sin haber cumplido 43 años de edad ya conjuró las dos maldiciones más famosas del deporte profesional estadounidense y tal vez de todo el hemisferio occidental: una, la del Bambino Babe Ruth, culpada en Boston por 86 años de sequía de los Medias Rojas, y la otra la de la cabra, maleficio de siete decenios dictado contra unos Cachorros de Chicago que para 1945 (inicio del célebre hechizo caprino) padecían un embrujo sin nombre vigente desde 1908, última vez que los Cubs conquistaron la Serie Mundial (hasta el miércoles pasado). Theo Epstein, sin carrera como pelotero,  armado de conocimientos teóricos sobre beisbol, sentido común y un elevado coeficiente intelectual, revolucionó las Grandes Ligas como el chamán que hace llover hasta en los más áridos desiertos.      

Epstein, quien a los 28 años de edad  fue el gerente general más joven en los archivos de las mayores al firmar con Boston en 2002, combatió la superchería con ciencia y saber. Aplicó en Boston los innovadores conceptos sabermétricos (pelota basada en evidencia numérica), pero con dinero en el bolsillo, que tanto faltó en la fórmula de “Moneyball”, el libro rompe dogmas donde se plasmó la novedosa filosofía gerencial del ejecutivo de  los Atléticos de Oakland, Billy Beane. Solo que, aplicada, a los A’s, no ha bastado, como lo ambiciona Beane, para ganar el último juego del año.  

En contraste, la combinación de estadísticas y dólares (ball con money) fertilizó en forma de dos coronas (2004 y 2007) para una franquicia como la de Boston que traía hambre atrasada desde el título obtenido en 1918 con Ruth a la cabeza. Al cambiar al “Sultán del Bate” a los Yanquis de Nueva York se inició en Massachusetts un invierno glaciar, cuyos hielos “perpetuos” se derritieron a principios de la década pasada gracias al plantel armado por Epstein, con Pedro Martínez, David Ortiz, Curt Schilling, Johnny Damon y Manny Ramírez al comando. 

Despachada la maldición del Bambino, Epstein asumió un reto mayor: ocuparse también de la cabra, montarla en la parrilla. Se embarcó en esa cruzada  a partir de 2011, sin haber soplado cuarenta velas. Dejaba un club enrumbado y se encargaba de otro que venía de ser penúltimo en la división Central de la Liga Nacional dos veces seguidas. Había mucho por hacer y bastante cómo fracasar.   Pendía sobre su cabeza, cual espada de Damocles, la creencia colectiva en el encantamiento de Billy Sianis,  el fiel tabernero que en la Serie Mundial de 1945 contra los Tigres de Detroit condenó a los Cachorros a no ganar nunca más la Serie Mundial. Esa fue su represalia cuando el dueño de los Cubs le negó  al chivo que Sianis tenía por mascota acceso al Wrigley Field para presenciar uno de los encuentros del clásico otoñal, sin importar que el animal iba boleto en pezuña. Como todos saben, desde la semana anterior, ya no hay más cabra. Su victoria sobre los Indios de Cleveland, luego de ir abajo en la serie tres partidos a uno, demostró que no hay imposibles. El éxito de los muchachos de Theo es el mejor antídoto contra la desesperanza aprendida en el deporte.   

La generación que mató a la cabra confluyó desde distintos afluentes: unos fueron firmados y formados por los Cachorros. Otros llegaron a través de la agencia libre. Y algunos fueron tomados de otras organizaciones por medio de canjes. Cinco de esos movimientos que hizo Epstein le procuraron al equipo piezas esenciales en la finalización del sortilegio y deben considerarse auténticas genialidades.  

2012: Anthony Rizzo y Zach Cates por Kyung-Min Na y Andrew Cashner

Epstein sabía a la perfección de qué era capaz el inicialista Anthony Rizzo. Él mismo lo escogió en el draft universitario de 2007 para los Medias Rojas, si bien lo sacrificó en 2010 para obtener de los Padres de San Diego a Adrián González. En 2012, ya como ejecutivo de los Cachorros, lo repescó para acabar con la pava del chivo. Cedió a Andrew Cashner, estimado prospecto que ya había subido a MLB, y al surcoreano Kuyng-Min Na, quien mostró capacidad para embasarse el año anterior en los sembradíos de los osos. Para hacer el cuento corto, en este intercambio que hizo Epstein Chicago ganó un bateador que a los 27 abriles ha sido convocado tres años seguidos al Juego de Estrellas, suma un trío de zafras consecutivas con treinta o más jonrones, en 2016 tuvo números de Más Valioso (.928 de OPS, 32 HR, 43 dobles, 109 remolques) y además es finalista para el Guante de Oro en primera base. Todo eso por un serpentinero que dejó 5.25 de efectividad en 2016 y un jardinero que se extravió en el camino y que hoy en día está de regreso en Corea.        

2012: Kyle Hendricks y Christian Villanueva por Ryan Dempster 

Epstein tomaba de los Rangers de Texas a un par de pichones por un aquilatado lanzador abridor que traía a cuestas cuatro temporadas seguidas con doscientas entradas y fue el tirador con más inicios en su circuito durante 2011, con 34. Al salir de Ryan Dempster, Epstein renunciaba a un brazo dos veces All Star, con votos para el Cy Young y más de dos mil entradas en MLB, a pesar de estar bajo la línea de los 30 años de edad. Christian Villanueva ya no cuenta, pero Kyle Hendricks muy posiblemente sea el Cy Young de la Liga Nacional en 2016 gracias a su EFE de 2.13 y WHIP de 0.97. Desde que llegó al norte de la Ciudad de los Vientos su tasa de anotaciones limpias permitidas por cada nueve actos transitados es de 2.92. Dempster, en cambio, dio tumbos por Texas y Boston antes de retirarse, hace dos años ¿Saben qué hace ahora? Es asistente del gerente general de un elenco de Grandes Ligas: Jed Hoyer, que trabaja con ….. los Cachorros de Chicago. Es decir, que recibió a un pitcher que lo ayudó a ganar la Serie Mundial por un asesor que lo ayudó a ganar la Serie Mundial. Genial.         

2013: Jake Arrieta y Pedro Strop por Steve Clevenger y Scott Feldman 

Al momento de hacer este movimiento, Feldman era integrante de la rotación de los Cachorros y Clevenger venía de tomar casi doscientos turnos arriba en 2012, mientras que Arrieta era uno de los peores abridores en las Grandes Ligas, tanto que los Orioles de Baltimore lo habían enviado a AAA, lo que llevó al pitcher derecho a considerar la posibilidad de retirarse y meterse a comerciante. Strop, a su vez, mostraba (in) efectividad de 7.25 con los oropéndolas. A cualquier fanático de los Cubs le acompañaba el derecho de alzar una ceja en señal de desaprobación. Pero Epstein sabía lo que hacía.  Había encomendado a su departamento de scouteo la misión de peinar las granjas vecinas en busca de lanzadores capaces de lanzar duro, pero que, por motivos ambientales, no estaban rindiendo con los elencos a los cuales pertenecían. Arrieta y Strop respondían a la descripción. 

Los resultados están a la vista. Desde su mudanza a Illinois, Arrieta ha ganado un Cy Young, ostenta récord de 54-21, efectividad de 2.52 y en 2016 ofrendó 18 triunfos a la causa en temporada regular, más dos de las cuatro victorias en la primera Serie Mundial disputada por los oseznos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Strop no recibió mucha confianza en la recién concluida postemporada, pero en la ronda eliminatoria tuvo un fenomenal WHIP de 0.88. 

¿Qué han hecho Feldman y Clevenger a su salida del Wrigley Field? El pitcher, que solo pasó media campaña en Baltimore, tuvo buenos años con Houston entre 2014 y 2015, aunque en 2016 solo pudo brindar 77 entradas a los Astros y a los Azulejos de Toronto. Feldman no tuvo mejor desempeño que ninguno de los cinco abridores de planta para los Cubs este año.   En cuanto a Clevenger, sigue siendo un catcher suplente, que de paso avergonzó hace pocos meses a los Marineros de Seattle al tuitear que los afroamericanos que estaban en las calles protestando contra la brutalidad policial de la que han sido víctimas varios estadounidenses de raza negra debían ser “enjaulados como animales”.

2014: Addison Russell, Billy McKinney, Dan Straily y dinero por Jason Hammel y Jeff Samardzija. 

Por dos peloteros de ligas menores (Addison Russell y Billy McKinney) y un recién llegado a las mayores como Dan Straily, Epstein entregó a los Atléticos de Oakland a un par de iniciadores consolidados en la Gran Carpa como Jason Hammel y Jeff  Samardzija. Los hechos apuntan a que Epstein ganó de nuevo. Todo equipo ganador debe contar con un solvente campocorto y Russell lo es, tanto que aparece entre los candidatos a ganar el Guante de Oro gracias a su alcance, que le resta carreras a los rivales. Es un torpedero brillante con un bate peligroso, que soltó 21 bombazos y generó 95 rayitas en 2016 y dio maderazos importantes en playoff. McKinney le sirvió como carnada para traer desde los Yanquis de Nueva York a Aroldis Chapman, el cerrador más espectacular del juego. 

¿Qué concesión tuvo que hacer Epstein? Solo Samardzija.  Porque a Hammel no lo perdió, lo prestó. Estuvo media campaña con Oakland, no muy exitosa, por cierto, y lo rescató en la agencia libre. En 2016 ganó quince encuentros para los Cubs, con 3.83 de EFE. ¿Y Samardzija? dejó EFE de 4.95 en 2015 con los Medias Blancas de Chicago y de 3.81 con los Gigantes de San Francisco en la contienda que recién finalizó. Russell, de 22 años de edad, vale eso y mucho más.

2016: Aroldis Chapman por Rashad Crawford, Billy McKinney, Gleyber Torres y Adam Warren. 

Con todo lo que le exprimió el brazo durante octubre al cubano Aroldis Chapman, hasta ganar por primera vez desde 1908, Epstein ya salió vencedor en este cambio. Es verdad que debió desprenderse de un valor para el mañana como McKinney y de una estrella en ciernes como el venezolano  Gleyber Torres, pero con Russell como shortstop titular por varios años podía darse ese lujo si Chapman lo ayudaba, como lo hizo, a convertir la maldición en queso de cabra. 

Un voto por Leonardo, Carrara y Garcés

26 Lunes | 3:03 pm

Érase una vez un hombre que jonroneaba y robaba por igual, sinónimo de poder en el país durante más de una década, segundo en la línea de sucesión de los cuadrangulares en la LVBP a lo largo de casi tres quinquenios, infatigable fabricante de carreras, industria de tubeyes, slugger por antonomasia, escudo protector en tercera base, bigleaguer criollo cuando pocos lo eran y quien, a 23 años de su jubilación, permanece marginado del Salón de la Fama del Beisbol Venezolano por motivos que escapan a mi entendimiento.  No voy a hablarles de un hombre común. Haré la historia de Leonardo Hernández, para quien reclamo justicia.    

Hasta mañana tienen plazo los electores del Cooperstown de estos rumbos para  consignar la planilla con sus escogencias de 2016. Ahora el procedimiento es electrónico, ergo más expedito, en vez de por correspondencia, como antes. Bien por eso, aunque este votante discrepa de la nueva disposición que reduce el máximo de selecciones posibles de seis a tres. Ese techo bajo de postulaciones le resta maniobrabilidad al sufragante y le impide enaltecer a todos aquellos merecedores del honor. Es un tope harto restrictivo, habida cuenta de que aún hay pasivos pendientes con el pasado, consecuencia del  prolongado tiempo que estuvo tapiado el acceso a la eternidad. En la lista de aspirantes hay al menos diez nombres dignos de ser considerados, luego es recomendable elevar a cinco ese límite. Este cronista sellará, primero, la casilla de “Tatiana Capote”.              

Leonardo Hernández despuntaba como el virrey del jonrón en Venezuela al extinguirse su carrera como pelotero, en la batalla 1993-1994. Únicamente Antonio Armas, monumento de este beisbol, atesoraba más vuelavallas  que él dentro de una LVBP que ya se preparaba para celebrar sus bodas de oro.  72 mandoblazos y 74 robos hicieron de este exjugador mirandino el primer (y por lustros único ejemplar) de una singular especie, capaz de estafar y derribar cercas con idéntica facilidad y de ese modo fusionar habilidades tenidas como mutuamente excluyentes. Era Hernández, al pedir la baja, el tercer mayor productor de carreras en el circuito, con 416, y el decimotercer toletero, entre miles, con 800 hits.

Solo 32 criollos habían hecho cumbre en las Grandes Ligas cuando él escaló hasta ellas, en 1982. Quedaban lejos los días en los cuales el ascenso hasta MLB se haría jugada de rutina para el beisbolista local. Y si quieren otras referencias sobre él, complementaba su poderío con facultades fildeadoras en la esquina caliente.

Este pintoresco personaje, que se tongoneaba en el home y agitaba sus rulos para burlarse de los fanáticos impertinentes (de allí lo de Tatiana Capote), debió subir a los altares al transcurrir un lustro de haberse pensionado. Pero el templo estaba cerrado. No había templo, tan siquiera. Lo hubo a partir de 2003. Y al abrir sus puertas, decenios de hazañas represadas se agolparon frente a sus puertas. Hernández debía hacer su cola. Antes urgía honrar a los padres fundadores, a los  extraordinarios entre los extraordinarios que le antecedían. Pero ya ha esperado demasiado. Al principio faltaba un recinto para albergarlo, luego cupo para ingresarlo y ahora votos para exaltarlo. Dos décadas de calma, ¿No bastan?  

En esta oportunidad haré proselitismo para buscarle adeptos, aunque no debería precisarlo. Leonardo Hernández, todavía hoy, es octavo en remolcadas de Liprobeisbol, con 416; décimo en jonrones, con 72; noveno en dobles, con 155. Paró en 1993 y las generaciones posteriores, muchas de las cuales han vivido una época de bonanza ofensiva, aún no logran desplazarlo de los sitiales de privilegio ¿Debo seguir argumentando su caso o ya les convencí? La defensa ha terminado, señores del Jurado.

Carrara sin duda alguna

Únicamente dispongo de dos óvalos más para definirme entre Edwin Hurtado y su 3.06 de efectividad en ronda eliminatoria y un imponente 2.50 en postemporada; Luis Raven y sus 94 jonrones, que a diez años de su salida del servicio activo se sostienen como la quinta cantidad más elevada en el circuito; Juan Carlos Pulido y sus 72 victorias, que lo entronizan como el pitcher zurdo más exitoso de estas coordenadas; Richard Garcés y sus 124 salvados, casi 40 más que su más cercano perseguidor; y Giovanni Carrara, un mutante que en 24 torneos locales tuvo efectividad de 2.93, la cuarta más baja en los archivos de la liga entre tiradores con al menos 900 entradas de labor. Y entre los elegibles hay otras alternativas al menos tentadoras, como Óscar Azócar, Roberto Zambrano y Omar Daal.

En mi orden de preferencia, Carrara es quien sigue. Nadie ha lanzado en más temporadas de la LVBP que este derecho, oriental de nacimiento, larense por adopción. Sus 24 participaciones en fase eliminatoria y sus 16 en playoffs son la mayor cantidad para cualquier monticulista que haya pasado por la liga. Sus números en semifinales lo catalogan como uno de los mejores lanzadores en esta etapa. Es líder en entradas lanzadas (280.0) y ponches propinados (207). En la antesala a las finales  es  segundo en juegos lanzados (81) y  ganados (17), mientras que es tercero en iniciados (32) y noveno en rescates (11).

Carrara, que además se mantuvo un decenio en las Grandes Ligas y disputó un Clásico Mundial de Beisbol, es el único lanzador de la LVBP en aparecer entre los 10 lanzadores con más juegos ganados y salvados en ronda regular. E hizo lo propio en semifinales.  Es noveno en partidos lanzados en el circuito (334). Se ubica dentro de las diez mejores efectividades de la LVBP entre los serpentineros con al menos 500 entradas de labor (noveno con 2.93 de EFE en 918.2 actos). Fue líder en EFE de la liga en un par de ocasiones (1997-98, 2007-08). En la 97-98 también encabezó la columna de ponches, con 64.

En la 2001-02 salvó 15 juegos, líder del circuito.

En diez temporadas dejó efectividad por debajo de 3.00.

En temporadas distintas ganó los tres departamentos de la triple corona del pitcheo: victorias, ponches y efectividad.

Entre las temporadas 95-96 y 2002-2003 fue un déspota: dejó récord de 29-11 y efectividad de 1.83, con 41 salvados y 1.4 boletos por cada nueve entradas. Imbateable es un buen adjetivo.

Creo que lo podemos dejar hasta allí. La naturaleza imperecedera de Carrara en el beisbol venezolano es irrefutable. Tal vez le objeten que no brilló en las mayores, pero a un pelotero que haya resplandecido como Carrara en la LVBP, que es el núcleo del beisbol venezolano, mal se le puede soslayar a la hora de preservar su memoria.    

¿Quién es más trascendente: un cerrador sin par en este circuito o uno entre los más dominantes  abridores en los registros de la liga? ¿Un finalizador único o un iniciador excepcional?  Porque he ahí el dilema entre Richard Garcés y Edwin Hurtado. La disyuntiva no estriba en si merecen o no la veneración perpetua, pues a ambos corresponde, sino a cuál de ellos ofrendar el   último voto a emitir. Garcés es a la LVBP lo que Mariano Rivera a las Grandes Ligas. La Tierra dará varias vueltas alrededor del Sol y sus 124 salvados seguirán en la cúspide de esa estadística. Es el único con cien o más rescates. Fue tres veces Cerrador del Año, y en una de ellas resultó el mejor de todos los lanzadores. Sus 19 salvamentos en la 2007-2008 -igualados por Pedro Rodríguez, de Caribes de Anzoátegui en la 2015-2016-  son el techo para los taponeros venezolanos. Cierto que no está libre de pecados, pues su tasa de boletos por cada nueve entradas fue de 4.29, lo que elevó su WHIP a 1.28, alto para un bombero. Mas la repercusión de su plusmarca vitalicia de victorias protegidas es elemento central en esta dialéctica. 

Solo que Hurtado es enorme. El expitcher larense trabajó 1190,1 innings entre ronda eliminatoria y postemporada, y su efectividad global fue de 2.92. Doble ganador del Pitcher del Año, el derecho que militó en Cardenales de Lara y Leones del Caracas es octavo en el ranking de ponches de todos los tiempos en Liprobeisbol, con 631. Entre los 14 pitchers con al menos 900 tramos de labor, su WHIP es el séptimo más reducido, y su efectividad de 3.06, la sexta más pequeña.

Aunque es en postemporada donde Hurtado toma una dimensión mítica: 23 victorias entre round robin y finales (líder absoluto); 288 episodios (segundo); 2.50 de efectividad (segundo entre aquellos con un mínimo de 200 capítulos); 204 ponches (segundo); 1.19 de WHIP (quinto entre pitchers con una base de 150 mangas recorridas). Grandeliga también, pero de pocas luces, Hurtado fue artífice de los éxitos de Cardenales de Lara en los noventa. 

Ante tanta paridad, el fiel de la balanza puede ser el currículum en Grandes Ligas. Y allí gana Garcés. Mientras Hurtado solo pudo sostenerse en MLB en tres campeonatos, con 6.67 de efectividad, “El Guapo” se codeó con la nobleza del beisbol durante una decena de contiendas, con 3.74 de EFE y 7,8 abanicados por cada nueve innings. Eso y su condición de cerrador primado de la liga venezolana me llevan a inclinarme a su favor. El año que viene, si hay año que viene, colocaré a Hurtado y también a Juan Carlos Pulido y a Luis Raven. Espero contar con cinco opciones para dar a cada cual lo que le corresponde. 

Carlos Valmore Rodríguez

Con Los Ganchos

Licenciado en comunicación social, mención impreso, de la Universidad Católica Andrés Bello.

Ejerce el periodismo desde 1997 y se ha especializado en la fuente de beisbol, en la que ha cubierto la pelota venezolana y eventos como Series del Caribe, Clásicos Mundiales y Series Mundiales. Director del diario Meridiano.       

Carlos Valmore Rodríguez

Con Los Ganchos

Licenciado en comunicación social, mención impreso, de la Universidad Católica Andrés Bello.

Ejerce el periodismo desde 1997 y se ha especializado en la fuente de beisbol, en la que ha cubierto la pelota venezolana y eventos como Series del Caribe, Clásicos Mundiales y Series Mundiales. Director del diario Meridiano.       

Zozobró "El Almirante"

6 Martes | 12:36 pm

Carlos Valmore Rodríguez 

Carlos García, que lucía como un mánager casi irreemplazable por su ascendencia y liderazgo dentro de sus filas, es el primer piloto despedido en la contienda 2016-2017 de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional.  

Ya no será el Almirante García quien esté en el puente de mando de los Navegantes del Magallanes, sino un discreto, pero efectivo subalterno suyo: Omar Malavé, familiarizado con el éxito, porque ha ganado dos campeonatos en el país. Su tarea será ciclópea: reflotar un naufragio que yace a 26 derrotas de profundidad, calafatear el casco del bergantín y conducirlo hacia su puerto de destino: la postemporada. De sus costas la separan, hoy por hoy, dos juegos y medio de distancia.     

La debacle dominical por 11-5 sobre los Tiburones de La Guaira, quinta seguida, séptima en los diez juegos más recientes y responsable de hacer encallar a los bucaneros en el fondo de la tabla de posiciones del beisbol venezolano, presagiaba tempestades que ayer hicieron zozobrar a García, en la idea de que el navío no se vaya a pique tras él. “Debíamos hacer algo para cambiar el presente del equipo”, dijo Roberto Ferrari, presidente de la Junta Administradora del Magallanes, a través del departamento de Prensa del equipo. “Carlos García siempre ha sido un batallador y un ganador; simplemente las cosas no se nos dieron con él en esta oportunidad y nos reunimos para hablar sobre la situación. Omar Malavé asumirá las riendas del equipo de inmediato. La intención es mejorar el rendimiento para lo que resta de ronda eliminatoria y meternos en los puestos de clasificación. Álvaro Espinoza será el nuevo coach de banca, Félix Escalona será el coach de tercera base y Carlos Maldonado asumirá su rol de coach de primera”. Fueron ratificados en sus puestos Gregorio Machado como asistente del mánager, Ozzie Timmons como coach de bateo, Roberto Espinoza como instructor de lanzadores y José Villa como tutor de los relevistas en el bullpen. Acotó Malavé anoche en La Hora Magallanera que aceptó el cargo porque su antecesor así se lo solicitó. Promete beisbol agresivo y espera de sus dirigidos una reacción. Desde su perspectiva, es la oportunidad de un nuevo comienzo. Aún queda casi un mes completo para despertar y reaccionar.              

Con el despido de Carlos García termina una de las épocas más fructíferas en la memoria de los Navegantes del Magallanes, aún con sus interrupciones, vacancias temporales y absolutas y regresos heroicos. Entre las batallas 2009-2010, cuando comenzó su etapa, y la 2016-2017, cuando terminó, los Navegantes festejaron dos campeonatos y disputaron cinco finales, cuatro de ellas dirigidas por García que, aún en sus ausencias, se hacía sentir. Se estrenó en la 2009-2010 con récord de 41 triunfos en ronda regular, la cifra más elevada en la bitácora del barco. Antes de comenzar la 2010-2011 debió soltar el timón por razones personales y el magallanero lo echó en falta: ninguno de los tres managers que hubo en esa campaña, ni Frank Kremblas, ni Gregorio Machado ni Dan Radison le encontró orilla al elenco y los eléctricos quedaron sin luz, fuera de los playoffs. En la 2011-2012 García retornó, Magallanes avanzó al round robin y rozó la final, de la cual lo sacaron en una doble jornada de desempate. En la 2012-2013 García y sus filibusteros se hallaban en la cumbre de la montaña clasificatoria el 12 de noviembre, cuando nuevamente tuvo que apartarse por motivos familiares. Luis Sojo tomó la posta y se coronó por él al derrotar en la final a Cardenales de Lara. En la edición siguiente la ruta fue a la inversa: para la 2013-2014 comenzó Sojo, clasificó al Magallanes al round robin y de pronto fue separado de sus funciones por la directiva. García fue reclamado en Valencia, volvió una vez más y esta vez fueron sus manos las que levantaron el trofeo luego de someter a Caribes de Anzoátegui, elenco que le devolvió el golpe al Almirante en la 2014-2015, cuando García dirigió su tercera final, segunda sucesiva. En la 2015-2016, los Navegantes jugaron su cuarta final al hilo, y la tercera en hilera de García, aunque se toparon con los Tigres de Aragua. Podrán decir para restarle puntos a García que solo ganó una final de cuatro, pero ya alcanzar esa instancia con tanta frecuencia es excepcional en esta pelota, tanto que García es uno de seis que han dirigido en tres o más finales corridas:  Vernon Benson (1979-1980- 1980-1981-1981-1982) Lara;  Phil Regan (1999-2000, 2000-2001, 2001-2002) Magallanes;  Buddy Bailey (2003-2004-2004-2005-2005-2006-2006-2007, 2007-2008, 2008-2009) Aragua;  Ozzie Virgil (72-73, 74-75, 76-77) Caracas-Aragua);  Alfonso Carrasquel (80-81, 81-82, 82-83) Caracas. Él y Regan son los únicos estrategas magallaneros presentes en tres finales en hilera. Y las cuatro finales conducidas por García para la Nave representan una cifra tope para la organización. Ningún manager del Magallanes ha estado en el banquillo en tantas disputas por el cetro.

También habrá quien le niegue méritos a García con el argumento de que esas versiones del Magallanes ganaban sin él y hasta a pesar de él. Pero quien eso afirme está en un error. García fue una de las razones por las cuales los Navegantes han llegado a finales tantas veces a lo largo de esta década. El legado de García va más allá de los títulos. Su principal herencia será la de haber devuelto el principio de autoridad dentro de la cueva, que se desdibujó tras la salida de Alfredo Pedrique. En el Magallanes de García mandaba el Almirante, no los peloteros, como debe ser. También se le recordará por su entroncamiento afectivo con la organización. “En los momentos difíciles es cuando soy más magallanero. Estoy orgulloso de haber defendido estos colores con todo el amor con el que lo hice. Siempre seré magallanero”, le dijo ayer, luego de su despido, a Jesús Ponte.

¿Qué errores cometió que justificaran su destitución? Puede que su liderazgo se haya debilitado un poco, por aquello de la fatiga del poder. Tal vez no era el estratega más avezado y eso pasó factura cuando los resultados no lo acompañaron. Lo cual no niega una gran verdad: que García es un patrimonio del Magallanes. Forma parte de su Salón de la Fama porque dos de las épocas más felices del Magallanes tuvieron en él un actor protagónico: los noventa, cuando los Navegantes se reconciliaron con la gloria, al jugar cuatro finales y ganar dos, con él usualmente como caudillo en el infield; y este decenio en curso, en el que el García mánager dejó su impronta. Se fue sin expresar rencor, agradeciendo la confianza a la directiva y dejando mensajes cifrados, a la vez que elocuentes, los cuales pueden ser  pistas para entender lo que pasa dentro de la divisa: “Cuando el pitcheo abridor”, dijo García, “trabaja menos que el relevo, es muy difícil mantenerse como manager”. ¿Dardo a la directiva? Otro: “Tenía la fe en que los jugadores harían lo posible para salir de esto. Los nombres están allí para sacar esto adelante. Tienen que revisarse y entender cada quién su rol en el equipo. En los momentos difíciles hay que jalar para el mismo lado. Esa es una de las cosas que le digo a los jugadores”. Fin de la cita ¿Cómo interpretar este mensaje de García a sus exdirigidos?  

Ahora viene Malavé, un hombre con una personalidad diametralmente opuesta a la de García. El Almirante es expresivo, pasional, autoritario, si cabe el término. Malavé es hierático, analítico, horizontal. La de él y la de García son maneras totalmente disímiles de ganar. Porque Malavé ha ganado. A los 35 años de edad festejó su primera diadema en la LVBP y a los 36, el segundo. Ha sido piloto en tres finales aquí. Pasó más de veinte años piloteando categorías menores de los Azulejos de Toronto y coronó su carrera como instructor al subir a Grandes Ligas como coach de primera de los canadienses. Magallanes no quedó en manos de un manager de emergencia. Lo capitaneará un conductor con experiencia acreditada.          

Vota por Leonardo

26 Lunes | 3:03 pm

Érase una vez un hombre que jonroneaba y robaba por igual, sinónimo de poder en el país durante más de una década, segundo en la línea de sucesión de los cuadrangulares en la LVBP a lo largo de casi tres quinquenios, infatigable fabricante de carreras, industria de tubeyes, slugger por antonomasia, escudo protector en tercera base, bigleaguer criollo cuando pocos lo eran y quien, a 23 años de su jubilación, permanece marginado del Salón de la Fama del Beisbol Venezolano por motivos que escapan a mi entendimiento.  No voy a hablarles de un hombre común. Haré la historia de Leonardo Hernández, para quien reclamo justicia.    

Hasta mañana tienen plazo los electores del Cooperstown de estos rumbos para  consignar la planilla con sus escogencias de 2016. Ahora el procedimiento es electrónico, ergo más expedito, en vez de por correspondencia, como antes. Bien por eso, aunque este votante discrepa de la nueva disposición que reduce el máximo de selecciones posibles de seis a tres. Ese techo bajo de postulaciones le resta maniobrabilidad al sufragante y le impide enaltecer a todos aquellos merecedores del honor. Es un tope harto restrictivo, habida cuenta de que aún hay pasivos pendientes con el pasado, consecuencia del  prolongado tiempo que estuvo tapiado el acceso a la eternidad. En la lista de aspirantes hay al menos diez nombres dignos de ser considerados, luego es recomendable elevar a cinco ese límite. Este cronista sellará, primero, la casilla de “Tatiana Capote”.              

Leonardo Hernández despuntaba como el virrey del jonrón en Venezuela al extinguirse su carrera como pelotero, en la batalla 1993-1994. Únicamente Antonio Armas, monumento de este beisbol, atesoraba más vuelavallas  que él dentro de una LVBP que ya se preparaba para celebrar sus bodas de oro.  72 mandoblazos y 74 robos hicieron de este exjugador mirandino el primer (y por lustros único ejemplar) de una singular especie, capaz de estafar y derribar cercas con idéntica facilidad y de ese modo fusionar habilidades tenidas como mutuamente excluyentes. Era Hernández, al pedir la baja, el tercer mayor productor de carreras en el circuito, con 416, y el decimotercer toletero, entre miles, con 800 hits.

Solo 32 criollos habían hecho cumbre en las Grandes Ligas cuando él escaló hasta ellas, en 1982. Quedaban lejos los días en los cuales el ascenso hasta MLB se haría jugada de rutina para el beisbolista local. Y si quieren otras referencias sobre él, complementaba su poderío con facultades fildeadoras en la esquina caliente.

Este pintoresco personaje, que se tongoneaba en el home y agitaba sus rulos para burlarse de los fanáticos impertinentes (de allí lo de Tatiana Capote), debió subir a los altares al transcurrir un lustro de haberse pensionado. Pero el templo estaba cerrado. No había templo, tan siquiera. Lo hubo a partir de 2003. Y al abrir sus puertas, decenios de hazañas represadas se agolparon frente a sus puertas. Hernández debía hacer su cola. Antes urgía honrar a los padres fundadores, a los  extraordinarios entre los extraordinarios que le antecedían. Pero ya ha esperado demasiado. Al principio faltaba un recinto para albergarlo, luego cupo para ingresarlo y ahora votos para exaltarlo. Dos décadas de calma, ¿No bastan?  

En esta oportunidad haré proselitismo para buscarle adeptos, aunque no debería precisarlo. Leonardo Hernández, todavía hoy, es octavo en remolcadas de Liprobeisbol, con 416; décimo en jonrones, con 72; noveno en dobles, con 155. Paró en 1993 y las generaciones posteriores, muchas de las cuales han vivido una época de bonanza ofensiva, aún no logran desplazarlo de los sitiales de privilegio ¿Debo seguir argumentando su caso o ya les convencí? La defensa ha terminado, señores del Jurado.

Carrara sin duda alguna

Únicamente dispongo de dos óvalos más para definirme entre Edwin Hurtado y su 3.06 de efectividad en ronda eliminatoria y un imponente 2.50 en postemporada; Luis Raven y sus 94 jonrones, que a diez años de su salida del servicio activo se sostienen como la quinta cantidad más elevada en el circuito; Juan Carlos Pulido y sus 72 victorias, que lo entronizan como el pitcher zurdo más exitoso de estas coordenadas; Richard Garcés y sus 124 salvados, casi 40 más que su más cercano perseguidor; y Giovanni Carrara, un mutante que en 24 torneos locales tuvo efectividad de 2.93, la cuarta más baja en los archivos de la liga entre tiradores con al menos 900 entradas de labor. Y entre los elegibles hay otras alternativas al menos tentadoras, como Óscar Azócar, Roberto Zambrano y Omar Daal.

En mi orden de preferencia, Carrara es quien sigue. Nadie ha lanzado en más temporadas de la LVBP que este derecho, oriental de nacimiento, larense por adopción. Sus 24 participaciones en fase eliminatoria y sus 16 en playoffs son la mayor cantidad para cualquier monticulista que haya pasado por la liga. Sus números en semifinales lo catalogan como uno de los mejores lanzadores en esta etapa. Es líder en entradas lanzadas (280.0) y ponches propinados (207). En la antesala a las finales  es  segundo en juegos lanzados (81) y  ganados (17), mientras que es tercero en iniciados (32) y noveno en rescates (11).

Carrara, que además se mantuvo un decenio en las Grandes Ligas y disputó un Clásico Mundial de Beisbol, es el único lanzador de la LVBP en aparecer entre los 10 lanzadores con más juegos ganados y salvados en ronda regular. E hizo lo propio en semifinales.  Es noveno en partidos lanzados en el circuito (334). Se ubica dentro de las diez mejores efectividades de la LVBP entre los serpentineros con al menos 500 entradas de labor (noveno con 2.93 de EFE en 918.2 actos). Fue líder en EFE de la liga en un par de ocasiones (1997-98, 2007-08). En la 97-98 también encabezó la columna de ponches, con 64.

En la 2001-02 salvó 15 juegos, líder del circuito.

En diez temporadas dejó efectividad por debajo de 3.00.

En temporadas distintas ganó los tres departamentos de la triple corona del pitcheo: victorias, ponches y efectividad.

Entre las temporadas 95-96 y 2002-2003 fue un déspota: dejó récord de 29-11 y efectividad de 1.83, con 41 salvados y 1.4 boletos por cada nueve entradas. Imbateable es un buen adjetivo.

Creo que lo podemos dejar hasta allí. La naturaleza imperecedera de Carrara en el beisbol venezolano es irrefutable. Tal vez le objeten que no brilló en las mayores, pero a un pelotero que haya resplandecido como Carrara en la LVBP, que es el núcleo del beisbol venezolano, mal se le puede soslayar a la hora de preservar su memoria.    

¿Quién es más trascendente: un cerrador sin par en este circuito o uno entre los más dominantes  abridores en los registros de la liga? ¿Un finalizador único o un iniciador excepcional?  Porque he ahí el dilema entre Richard Garcés y Edwin Hurtado. La disyuntiva no estriba en si merecen o no la veneración perpetua, pues a ambos corresponde, sino a cuál de ellos ofrendar el   último voto a emitir. Garcés es a la LVBP lo que Mariano Rivera a las Grandes Ligas. La Tierra dará varias vueltas alrededor del Sol y sus 124 salvados seguirán en la cúspide de esa estadística. Es el único con cien o más rescates. Fue tres veces Cerrador del Año, y en una de ellas resultó el mejor de todos los lanzadores. Sus 19 salvamentos en la 2007-2008 -igualados por Pedro Rodríguez, de Caribes de Anzoátegui en la 2015-2016-  son el techo para los taponeros venezolanos. Cierto que no está libre de pecados, pues su tasa de boletos por cada nueve entradas fue de 4.29, lo que elevó su WHIP a 1.28, alto para un bombero. Mas la repercusión de su plusmarca vitalicia de victorias protegidas es elemento central en esta dialéctica. 

Solo que Hurtado es enorme. El expitcher larense trabajó 1190,1 innings entre ronda eliminatoria y postemporada, y su efectividad global fue de 2.92. Doble ganador del Pitcher del Año, el derecho que militó en Cardenales de Lara y Leones del Caracas es octavo en el ranking de ponches de todos los tiempos en Liprobeisbol, con 631. Entre los 14 pitchers con al menos 900 tramos de labor, su WHIP es el séptimo más reducido, y su efectividad de 3.06, la sexta más pequeña.

Aunque es en postemporada donde Hurtado toma una dimensión mítica: 23 victorias entre round robin y finales (líder absoluto); 288 episodios (segundo); 2.50 de efectividad (segundo entre aquellos con un mínimo de 200 capítulos); 204 ponches (segundo); 1.19 de WHIP (quinto entre pitchers con una base de 150 mangas recorridas). Grandeliga también, pero de pocas luces, Hurtado fue artífice de los éxitos de Cardenales de Lara en los noventa. 

Ante tanta paridad, el fiel de la balanza puede ser el currículum en Grandes Ligas. Y allí gana Garcés. Mientras Hurtado solo pudo sostenerse en MLB en tres campeonatos, con 6.67 de efectividad, “El Guapo” se codeó con la nobleza del beisbol durante una decena de contiendas, con 3.74 de EFE y 7,8 abanicados por cada nueve innings. Eso y su condición de cerrador primado de la liga venezolana me llevan a inclinarme a su favor. El año que viene, si hay año que viene, colocaré a Hurtado y también a Juan Carlos Pulido y a Luis Raven. Espero contar con cinco opciones para dar a cada cual lo que le corresponde. 

Cinco ingredientes con los que Theo aliñó el queso de cabra

7 Lunes | 3:22 pm

Sin haber cumplido 43 años de edad ya conjuró las dos maldiciones más famosas del deporte profesional estadounidense y tal vez de todo el hemisferio occidental: una, la del Bambino Babe Ruth, culpada en Boston por 86 años de sequía de los Medias Rojas, y la otra la de la cabra, maleficio de siete decenios dictado contra unos Cachorros de Chicago que para 1945 (inicio del célebre hechizo caprino) padecían un embrujo sin nombre vigente desde 1908, última vez que los Cubs conquistaron la Serie Mundial (hasta el miércoles pasado). Theo Epstein, sin carrera como pelotero,  armado de conocimientos teóricos sobre beisbol, sentido común y un elevado coeficiente intelectual, revolucionó las Grandes Ligas como el chamán que hace llover hasta en los más áridos desiertos.      

Epstein, quien a los 28 años de edad  fue el gerente general más joven en los archivos de las mayores al firmar con Boston en 2002, combatió la superchería con ciencia y saber. Aplicó en Boston los innovadores conceptos sabermétricos (pelota basada en evidencia numérica), pero con dinero en el bolsillo, que tanto faltó en la fórmula de “Moneyball”, el libro rompe dogmas donde se plasmó la novedosa filosofía gerencial del ejecutivo de  los Atléticos de Oakland, Billy Beane. Solo que, aplicada, a los A’s, no ha bastado, como lo ambiciona Beane, para ganar el último juego del año.  

En contraste, la combinación de estadísticas y dólares (ball con money) fertilizó en forma de dos coronas (2004 y 2007) para una franquicia como la de Boston que traía hambre atrasada desde el título obtenido en 1918 con Ruth a la cabeza. Al cambiar al “Sultán del Bate” a los Yanquis de Nueva York se inició en Massachusetts un invierno glaciar, cuyos hielos “perpetuos” se derritieron a principios de la década pasada gracias al plantel armado por Epstein, con Pedro Martínez, David Ortiz, Curt Schilling, Johnny Damon y Manny Ramírez al comando. 

Despachada la maldición del Bambino, Epstein asumió un reto mayor: ocuparse también de la cabra, montarla en la parrilla. Se embarcó en esa cruzada  a partir de 2011, sin haber soplado cuarenta velas. Dejaba un club enrumbado y se encargaba de otro que venía de ser penúltimo en la división Central de la Liga Nacional dos veces seguidas. Había mucho por hacer y bastante cómo fracasar.   Pendía sobre su cabeza, cual espada de Damocles, la creencia colectiva en el encantamiento de Billy Sianis,  el fiel tabernero que en la Serie Mundial de 1945 contra los Tigres de Detroit condenó a los Cachorros a no ganar nunca más la Serie Mundial. Esa fue su represalia cuando el dueño de los Cubs le negó  al chivo que Sianis tenía por mascota acceso al Wrigley Field para presenciar uno de los encuentros del clásico otoñal, sin importar que el animal iba boleto en pezuña. Como todos saben, desde la semana anterior, ya no hay más cabra. Su victoria sobre los Indios de Cleveland, luego de ir abajo en la serie tres partidos a uno, demostró que no hay imposibles. El éxito de los muchachos de Theo es el mejor antídoto contra la desesperanza aprendida en el deporte.   

La generación que mató a la cabra confluyó desde distintos afluentes: unos fueron firmados y formados por los Cachorros. Otros llegaron a través de la agencia libre. Y algunos fueron tomados de otras organizaciones por medio de canjes. Cinco de esos movimientos que hizo Epstein le procuraron al equipo piezas esenciales en la finalización del sortilegio y deben considerarse auténticas genialidades.  

2012: Anthony Rizzo y Zach Cates por Kyung-Min Na y Andrew Cashner

Epstein sabía a la perfección de qué era capaz el inicialista Anthony Rizzo. Él mismo lo escogió en el draft universitario de 2007 para los Medias Rojas, si bien lo sacrificó en 2010 para obtener de los Padres de San Diego a Adrián González. En 2012, ya como ejecutivo de los Cachorros, lo repescó para acabar con la pava del chivo. Cedió a Andrew Cashner, estimado prospecto que ya había subido a MLB, y al surcoreano Kuyng-Min Na, quien mostró capacidad para embasarse el año anterior en los sembradíos de los osos. Para hacer el cuento corto, en este intercambio que hizo Epstein Chicago ganó un bateador que a los 27 abriles ha sido convocado tres años seguidos al Juego de Estrellas, suma un trío de zafras consecutivas con treinta o más jonrones, en 2016 tuvo números de Más Valioso (.928 de OPS, 32 HR, 43 dobles, 109 remolques) y además es finalista para el Guante de Oro en primera base. Todo eso por un serpentinero que dejó 5.25 de efectividad en 2016 y un jardinero que se extravió en el camino y que hoy en día está de regreso en Corea.        

2012: Kyle Hendricks y Christian Villanueva por Ryan Dempster 

Epstein tomaba de los Rangers de Texas a un par de pichones por un aquilatado lanzador abridor que traía a cuestas cuatro temporadas seguidas con doscientas entradas y fue el tirador con más inicios en su circuito durante 2011, con 34. Al salir de Ryan Dempster, Epstein renunciaba a un brazo dos veces All Star, con votos para el Cy Young y más de dos mil entradas en MLB, a pesar de estar bajo la línea de los 30 años de edad. Christian Villanueva ya no cuenta, pero Kyle Hendricks muy posiblemente sea el Cy Young de la Liga Nacional en 2016 gracias a su EFE de 2.13 y WHIP de 0.97. Desde que llegó al norte de la Ciudad de los Vientos su tasa de anotaciones limpias permitidas por cada nueve actos transitados es de 2.92. Dempster, en cambio, dio tumbos por Texas y Boston antes de retirarse, hace dos años ¿Saben qué hace ahora? Es asistente del gerente general de un elenco de Grandes Ligas: Jed Hoyer, que trabaja con ….. los Cachorros de Chicago. Es decir, que recibió a un pitcher que lo ayudó a ganar la Serie Mundial por un asesor que lo ayudó a ganar la Serie Mundial. Genial.         

2013: Jake Arrieta y Pedro Strop por Steve Clevenger y Scott Feldman 

Al momento de hacer este movimiento, Feldman era integrante de la rotación de los Cachorros y Clevenger venía de tomar casi doscientos turnos arriba en 2012, mientras que Arrieta era uno de los peores abridores en las Grandes Ligas, tanto que los Orioles de Baltimore lo habían enviado a AAA, lo que llevó al pitcher derecho a considerar la posibilidad de retirarse y meterse a comerciante. Strop, a su vez, mostraba (in) efectividad de 7.25 con los oropéndolas. A cualquier fanático de los Cubs le acompañaba el derecho de alzar una ceja en señal de desaprobación. Pero Epstein sabía lo que hacía.  Había encomendado a su departamento de scouteo la misión de peinar las granjas vecinas en busca de lanzadores capaces de lanzar duro, pero que, por motivos ambientales, no estaban rindiendo con los elencos a los cuales pertenecían. Arrieta y Strop respondían a la descripción. 

Los resultados están a la vista. Desde su mudanza a Illinois, Arrieta ha ganado un Cy Young, ostenta récord de 54-21, efectividad de 2.52 y en 2016 ofrendó 18 triunfos a la causa en temporada regular, más dos de las cuatro victorias en la primera Serie Mundial disputada por los oseznos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Strop no recibió mucha confianza en la recién concluida postemporada, pero en la ronda eliminatoria tuvo un fenomenal WHIP de 0.88. 

¿Qué han hecho Feldman y Clevenger a su salida del Wrigley Field? El pitcher, que solo pasó media campaña en Baltimore, tuvo buenos años con Houston entre 2014 y 2015, aunque en 2016 solo pudo brindar 77 entradas a los Astros y a los Azulejos de Toronto. Feldman no tuvo mejor desempeño que ninguno de los cinco abridores de planta para los Cubs este año.   En cuanto a Clevenger, sigue siendo un catcher suplente, que de paso avergonzó hace pocos meses a los Marineros de Seattle al tuitear que los afroamericanos que estaban en las calles protestando contra la brutalidad policial de la que han sido víctimas varios estadounidenses de raza negra debían ser “enjaulados como animales”.

2014: Addison Russell, Billy McKinney, Dan Straily y dinero por Jason Hammel y Jeff Samardzija. 

Por dos peloteros de ligas menores (Addison Russell y Billy McKinney) y un recién llegado a las mayores como Dan Straily, Epstein entregó a los Atléticos de Oakland a un par de iniciadores consolidados en la Gran Carpa como Jason Hammel y Jeff  Samardzija. Los hechos apuntan a que Epstein ganó de nuevo. Todo equipo ganador debe contar con un solvente campocorto y Russell lo es, tanto que aparece entre los candidatos a ganar el Guante de Oro gracias a su alcance, que le resta carreras a los rivales. Es un torpedero brillante con un bate peligroso, que soltó 21 bombazos y generó 95 rayitas en 2016 y dio maderazos importantes en playoff. McKinney le sirvió como carnada para traer desde los Yanquis de Nueva York a Aroldis Chapman, el cerrador más espectacular del juego. 

¿Qué concesión tuvo que hacer Epstein? Solo Samardzija.  Porque a Hammel no lo perdió, lo prestó. Estuvo media campaña con Oakland, no muy exitosa, por cierto, y lo rescató en la agencia libre. En 2016 ganó quince encuentros para los Cubs, con 3.83 de EFE. ¿Y Samardzija? dejó EFE de 4.95 en 2015 con los Medias Blancas de Chicago y de 3.81 con los Gigantes de San Francisco en la contienda que recién finalizó. Russell, de 22 años de edad, vale eso y mucho más.

2016: Aroldis Chapman por Rashad Crawford, Billy McKinney, Gleyber Torres y Adam Warren. 

Con todo lo que le exprimió el brazo durante octubre al cubano Aroldis Chapman, hasta ganar por primera vez desde 1908, Epstein ya salió vencedor en este cambio. Es verdad que debió desprenderse de un valor para el mañana como McKinney y de una estrella en ciernes como el venezolano  Gleyber Torres, pero con Russell como shortstop titular por varios años podía darse ese lujo si Chapman lo ayudaba, como lo hizo, a convertir la maldición en queso de cabra. 

Un voto por Leonardo, Carrara y Garcés

26 Lunes | 3:03 pm

Érase una vez un hombre que jonroneaba y robaba por igual, sinónimo de poder en el país durante más de una década, segundo en la línea de sucesión de los cuadrangulares en la LVBP a lo largo de casi tres quinquenios, infatigable fabricante de carreras, industria de tubeyes, slugger por antonomasia, escudo protector en tercera base, bigleaguer criollo cuando pocos lo eran y quien, a 23 años de su jubilación, permanece marginado del Salón de la Fama del Beisbol Venezolano por motivos que escapan a mi entendimiento.  No voy a hablarles de un hombre común. Haré la historia de Leonardo Hernández, para quien reclamo justicia.    

Hasta mañana tienen plazo los electores del Cooperstown de estos rumbos para  consignar la planilla con sus escogencias de 2016. Ahora el procedimiento es electrónico, ergo más expedito, en vez de por correspondencia, como antes. Bien por eso, aunque este votante discrepa de la nueva disposición que reduce el máximo de selecciones posibles de seis a tres. Ese techo bajo de postulaciones le resta maniobrabilidad al sufragante y le impide enaltecer a todos aquellos merecedores del honor. Es un tope harto restrictivo, habida cuenta de que aún hay pasivos pendientes con el pasado, consecuencia del  prolongado tiempo que estuvo tapiado el acceso a la eternidad. En la lista de aspirantes hay al menos diez nombres dignos de ser considerados, luego es recomendable elevar a cinco ese límite. Este cronista sellará, primero, la casilla de “Tatiana Capote”.              

Leonardo Hernández despuntaba como el virrey del jonrón en Venezuela al extinguirse su carrera como pelotero, en la batalla 1993-1994. Únicamente Antonio Armas, monumento de este beisbol, atesoraba más vuelavallas  que él dentro de una LVBP que ya se preparaba para celebrar sus bodas de oro.  72 mandoblazos y 74 robos hicieron de este exjugador mirandino el primer (y por lustros único ejemplar) de una singular especie, capaz de estafar y derribar cercas con idéntica facilidad y de ese modo fusionar habilidades tenidas como mutuamente excluyentes. Era Hernández, al pedir la baja, el tercer mayor productor de carreras en el circuito, con 416, y el decimotercer toletero, entre miles, con 800 hits.

Solo 32 criollos habían hecho cumbre en las Grandes Ligas cuando él escaló hasta ellas, en 1982. Quedaban lejos los días en los cuales el ascenso hasta MLB se haría jugada de rutina para el beisbolista local. Y si quieren otras referencias sobre él, complementaba su poderío con facultades fildeadoras en la esquina caliente.

Este pintoresco personaje, que se tongoneaba en el home y agitaba sus rulos para burlarse de los fanáticos impertinentes (de allí lo de Tatiana Capote), debió subir a los altares al transcurrir un lustro de haberse pensionado. Pero el templo estaba cerrado. No había templo, tan siquiera. Lo hubo a partir de 2003. Y al abrir sus puertas, decenios de hazañas represadas se agolparon frente a sus puertas. Hernández debía hacer su cola. Antes urgía honrar a los padres fundadores, a los  extraordinarios entre los extraordinarios que le antecedían. Pero ya ha esperado demasiado. Al principio faltaba un recinto para albergarlo, luego cupo para ingresarlo y ahora votos para exaltarlo. Dos décadas de calma, ¿No bastan?  

En esta oportunidad haré proselitismo para buscarle adeptos, aunque no debería precisarlo. Leonardo Hernández, todavía hoy, es octavo en remolcadas de Liprobeisbol, con 416; décimo en jonrones, con 72; noveno en dobles, con 155. Paró en 1993 y las generaciones posteriores, muchas de las cuales han vivido una época de bonanza ofensiva, aún no logran desplazarlo de los sitiales de privilegio ¿Debo seguir argumentando su caso o ya les convencí? La defensa ha terminado, señores del Jurado.

Carrara sin duda alguna

Únicamente dispongo de dos óvalos más para definirme entre Edwin Hurtado y su 3.06 de efectividad en ronda eliminatoria y un imponente 2.50 en postemporada; Luis Raven y sus 94 jonrones, que a diez años de su salida del servicio activo se sostienen como la quinta cantidad más elevada en el circuito; Juan Carlos Pulido y sus 72 victorias, que lo entronizan como el pitcher zurdo más exitoso de estas coordenadas; Richard Garcés y sus 124 salvados, casi 40 más que su más cercano perseguidor; y Giovanni Carrara, un mutante que en 24 torneos locales tuvo efectividad de 2.93, la cuarta más baja en los archivos de la liga entre tiradores con al menos 900 entradas de labor. Y entre los elegibles hay otras alternativas al menos tentadoras, como Óscar Azócar, Roberto Zambrano y Omar Daal.

En mi orden de preferencia, Carrara es quien sigue. Nadie ha lanzado en más temporadas de la LVBP que este derecho, oriental de nacimiento, larense por adopción. Sus 24 participaciones en fase eliminatoria y sus 16 en playoffs son la mayor cantidad para cualquier monticulista que haya pasado por la liga. Sus números en semifinales lo catalogan como uno de los mejores lanzadores en esta etapa. Es líder en entradas lanzadas (280.0) y ponches propinados (207). En la antesala a las finales  es  segundo en juegos lanzados (81) y  ganados (17), mientras que es tercero en iniciados (32) y noveno en rescates (11).

Carrara, que además se mantuvo un decenio en las Grandes Ligas y disputó un Clásico Mundial de Beisbol, es el único lanzador de la LVBP en aparecer entre los 10 lanzadores con más juegos ganados y salvados en ronda regular. E hizo lo propio en semifinales.  Es noveno en partidos lanzados en el circuito (334). Se ubica dentro de las diez mejores efectividades de la LVBP entre los serpentineros con al menos 500 entradas de labor (noveno con 2.93 de EFE en 918.2 actos). Fue líder en EFE de la liga en un par de ocasiones (1997-98, 2007-08). En la 97-98 también encabezó la columna de ponches, con 64.

En la 2001-02 salvó 15 juegos, líder del circuito.

En diez temporadas dejó efectividad por debajo de 3.00.

En temporadas distintas ganó los tres departamentos de la triple corona del pitcheo: victorias, ponches y efectividad.

Entre las temporadas 95-96 y 2002-2003 fue un déspota: dejó récord de 29-11 y efectividad de 1.83, con 41 salvados y 1.4 boletos por cada nueve entradas. Imbateable es un buen adjetivo.

Creo que lo podemos dejar hasta allí. La naturaleza imperecedera de Carrara en el beisbol venezolano es irrefutable. Tal vez le objeten que no brilló en las mayores, pero a un pelotero que haya resplandecido como Carrara en la LVBP, que es el núcleo del beisbol venezolano, mal se le puede soslayar a la hora de preservar su memoria.    

¿Quién es más trascendente: un cerrador sin par en este circuito o uno entre los más dominantes  abridores en los registros de la liga? ¿Un finalizador único o un iniciador excepcional?  Porque he ahí el dilema entre Richard Garcés y Edwin Hurtado. La disyuntiva no estriba en si merecen o no la veneración perpetua, pues a ambos corresponde, sino a cuál de ellos ofrendar el   último voto a emitir. Garcés es a la LVBP lo que Mariano Rivera a las Grandes Ligas. La Tierra dará varias vueltas alrededor del Sol y sus 124 salvados seguirán en la cúspide de esa estadística. Es el único con cien o más rescates. Fue tres veces Cerrador del Año, y en una de ellas resultó el mejor de todos los lanzadores. Sus 19 salvamentos en la 2007-2008 -igualados por Pedro Rodríguez, de Caribes de Anzoátegui en la 2015-2016-  son el techo para los taponeros venezolanos. Cierto que no está libre de pecados, pues su tasa de boletos por cada nueve entradas fue de 4.29, lo que elevó su WHIP a 1.28, alto para un bombero. Mas la repercusión de su plusmarca vitalicia de victorias protegidas es elemento central en esta dialéctica. 

Solo que Hurtado es enorme. El expitcher larense trabajó 1190,1 innings entre ronda eliminatoria y postemporada, y su efectividad global fue de 2.92. Doble ganador del Pitcher del Año, el derecho que militó en Cardenales de Lara y Leones del Caracas es octavo en el ranking de ponches de todos los tiempos en Liprobeisbol, con 631. Entre los 14 pitchers con al menos 900 tramos de labor, su WHIP es el séptimo más reducido, y su efectividad de 3.06, la sexta más pequeña.

Aunque es en postemporada donde Hurtado toma una dimensión mítica: 23 victorias entre round robin y finales (líder absoluto); 288 episodios (segundo); 2.50 de efectividad (segundo entre aquellos con un mínimo de 200 capítulos); 204 ponches (segundo); 1.19 de WHIP (quinto entre pitchers con una base de 150 mangas recorridas). Grandeliga también, pero de pocas luces, Hurtado fue artífice de los éxitos de Cardenales de Lara en los noventa. 

Ante tanta paridad, el fiel de la balanza puede ser el currículum en Grandes Ligas. Y allí gana Garcés. Mientras Hurtado solo pudo sostenerse en MLB en tres campeonatos, con 6.67 de efectividad, “El Guapo” se codeó con la nobleza del beisbol durante una decena de contiendas, con 3.74 de EFE y 7,8 abanicados por cada nueve innings. Eso y su condición de cerrador primado de la liga venezolana me llevan a inclinarme a su favor. El año que viene, si hay año que viene, colocaré a Hurtado y también a Juan Carlos Pulido y a Luis Raven. Espero contar con cinco opciones para dar a cada cual lo que le corresponde.